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"Nunca digas «eso podría haberlo hecho yo», porque no lo has hecho tú" - Karim Rashid

innovar: sí o sí

19/01/2009

Recupero este artículo que publiqué en Dossier Empresarial en abril del año pasado. Lo que se plantea quizá sea ahora –en plena crisis– aún más evidente.

Ya no tenemos excusas desde que contamos con un Ministerio de la Innovación. “Innovar o morir” parece ser el lema: hay que cambiar de chip. Se necesita valor para llevar la contraria a una tendencia que se impone por vía de los hechos.

Respiramos un clima que me atrevería calificar de intolerancia innovadora, aunque dicho así parece una noticia amenazante. Sabemos bien que no siempre podemos elegir los grandes hitos del progreso humano: sobrevienen y se instalan en nuestras vidas sin darnos mayor opción. La historia muestra que los emprendedores pertenecen a todas las épocas.

innovar_si_o_siLa diferencia, en mi opinión, entre el pasado y el momento actual, es la incorporación emergente de los que llamaré “innovadores profesionales”, personas de perfiles variopintos capaces de aportar algo nuevo, diferente a lo establecido en los ámbitos más dispares que podamos imaginar.

El azar y la inspiración actuaban de guías y coordenadas de los innovadores de antaño: bastaba que coincidieran en el lugar y el momento adecuados, explicación socorrida que damos hoy del éxito personal. Estadísticamente los innovadores son minoría y, en parte, nunca dejarán de serlo. Si cualquiera fuera capaz de aportar “inventos”, el mundo sería un manicomio. Últimamente se detecta una demanda a favor de la democratización del fenómeno innovador. Aquella minoría de los últimos siglos aflora en estos tiempos como una minoría mayoritaria.

Innovar llama a nuestra puerta tenazmente y seguirá aporreándola si no le damos la bienvenida. Adentrarse en el mundo de la innovación presupone asumir una tarea ardua, lenta e impredecible. Por eso, los modernos innovadores –los que ejercen esa actividad profesionalmente– son un grupo selecto y camaleónico, que se implanta de forma asimétrica y zigzagueante en las estructuras organizativas. Me explicaré poco a poco.

El crecimiento del movimiento innovador es un descubrimiento que atisbamos desde hace décadas. Nos lo confirman dos premisas. La primera considera que innovación y tecnología son dos realidades diferentes, que no tienen por qué reclamarse necesariamente, como parecería deducirse de la tan manida etiqueta “Innovación Tecnológica”.

La segunda es constatar los rasgos de naturaleza tsunami que esta ola/moda innovadora despliega. Lo invade todo: ya no es algo exclusivo de la industria, la medicina o de productos y servicios de gran consumo… Ahora resulta que todos los sectores son susceptibles de “renovarse” mediante saltos cualitativos, fruto del trabajo de esos “innovadores profesionales”, que asoman la cabeza en el maremágnum de unos mercados que enseñan su cara más feroz y competitiva.

Los ingenieros clásicos –también los tecnológicos– se ven y se sienten acosados por consultores de todo tipo, creativos y expertos en marketing, curiosos, artistas, periodistas y, en general, por personas empeñadas en alterar su entorno, ya sea laboral, social, político o medioambiental.

La omnipresente Innovación se mueve en vertical y en horizontal. Afecta al cien por cien de la cadena de valor. Todos soportamos la responsabilidad de ser innovadores, un compromiso solidario con los de arriba, los de abajo, los de allá y los de acá y, muy especialmente, con los que están llegando.

El efecto escaparate –relaciones y visualización ante proveedores, clientes, competencia y compañeros– alcanza su máximo esplendor cuando se introduce una estrategia de Innovación 360º en las estructuras y sistemas de cualquier empresa, organización o, incluso, comunidad de vecinos (por poner un ejemplo trasnochado y fracasado en las relaciones entre los pobladores de un mismo bloque de viviendas).

Al enfundarnos el traje de innovador profesional, las sensaciones son bipolares, tan emocionales como racionales. Ambas reacciones se desbocan con facilidad. Cambiar el curso de los acontecimientos (procesos) no te deja indiferente, es algo sencillamente sensacional, incluso romántico y/o revolucionario. Resulta complicado ser moderado cuando descubrimos un “mediterráneo” en nuestro jardín.

El innovador de turno también percibe una notable agitación neuronal cuando acierta en sus análisis. Racionalizar (tras desracionalizar lo-de-toda-la-vida), genera la curiositas típica del conocimiento clásico. Comparte con la efervescencia emocional un desbordamiento en espiral de hallazgos sorprendentes, de “bombillas iluminadas” sobre la propia cabeza.

Ya vemos que en esta vida moderna, innovar no es una opción: la alternativa es sí o sí. ¿Cómo se hace esto? Todos nos lo preguntamos; esta es la tarea –los deberes– pendiente de tanto genio suelto. Esperemos que tan peculiar generación de innovadores no decaiga en el famoso dicho, axioma, refrán o como queramos llamarlo: “Copiar de un sitio es plagio; copiar de dos, documentación”.

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2 Respuestas

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  1. Hola Julio,
    En nuestro estudio Innovation X-Ray, que te agradezco has hecho mención a él, detectamos que solamente el 2,98% de los españoles tienen el talento adecuado para innovar. Este es: una persona capaz de generar ideas a que solucionan un problema existente (creatividad aplicada), es capaz de buscar apoyo y entusiasmar a otras personas con su idea y finalmente tiene las habilidades y la voluntad necesaria (tenacidad, en muchos casos) para llevarla a cabo….

    Visto así, parece que fuera el perfil de Superman, y en el fondo creo que lo es, por para las empresas se vuelve clave y necesario detectar estos perfiles y asegurarse de retenerlos…

  2. Julio Pérez-Tomé Román said

    Muchas gracias, Mariana, por tu aclaración que, sin duda, es fundamental para la valoración del dato.

    Julio Pérez-Tomé Román

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