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"Nunca digas «eso podría haberlo hecho yo», porque no lo has hecho tú" - Karim Rashid

“te estás equivocando, tienes que decir que sí” (nina)

28/01/2009

La cita del título es del final de este post. A partir de ahí invito a reflexionar sobre los cambios personales, profesionales, empresariales, de estilo de vida… se trata de analizar un poco ese inquietante mundo de los cambios en la vida de las personas.

nina1Hace años hubo un programa de TV que duro muy poco: Cambio radical fue su nombre. Todo un ejemplo de incoherencia entre significante y contenido. Los cambios eran superficiales y reducidos a un sutil restiling. No se fajaba con las entretelas de nuestra estructura constitutiva.

Pero podemos aprovechar esta efímera anécdota televisiva para analizar el caso de los empresarios. ¿Cuántos años llevan los gurús del management hablando del cambio? ¿Cuántos bestsellers –o no– ha empezado a leer usted acerca del cambio? ¿Cuántos ejemplos conoce en los que realmente haya cambio de verdad? Al hablar de cambio real me refiero a decisiones no forzadas por los acontecimientos; no me valen tampoco los cambios “hasta cierto punto”.

Miremos a los “gurús del cambio”: lo que menos me gusta de ellos es el poco ejemplo que nos dan. Llevan años sin cambiar de discurso. Me imagino que les va bien pero es incomprensible su insistencia cuando sus argumentos han sido superados por los acontecimientos. Supongo que para salir de este punto muerto han potenciando el arte del acompañamiento o coaching. Digamos que practican un rediseño a lo Cambio radical.

Yo de lo que quiero escribir es de cambio radical, pero “radical, radical”. Porque las innovaciones o son nuevas o no son lo que son. En todo proceso innovador o se suma o nada: no existe el empate. Innovar en personas desde la perspectiva del cambio de verdad requiere plantearse cuestiones de este tipo: ¿para quién es aconsejable? ¿qué razones lo hacen conveniente? ¿qué ventajas aporta? ¿qué riesgos existen?…

Hay aspectos obvios: todo cambio supone un riesgo difícil de medir. De ahí el vértigo. Pero sin riesgo jamás avanzaríamos hacia un salto cualitativo. Por tanto, para asumir un cambio radical es imprescindible superar el miedo a lo imprevisible y lo desconocido.

¿Por qué lo misterioso –desconocido hasta cierto punto– ha de ser necesariamente negativo? Colón se equivocó de Continente –pequeño error que para nada le echamos en cara– y ha pasado a la historia con la cabeza muy alta. Y como él, científicos, artistas, políticos… y emprendedores.

Superada la mieditis consideremos hasta qué punto un cambio de este nivel es una buena idea o no. Que un nuevo horizonte posea el atractivo de la aventura o parezca entretenido, no significa que nos convenga necesariamente. Tan malo es la pasividad del que se anquilosa, como la actividad desenfrenada del correveidile.

Acudamos a la teoría de los ciclos que, en resumidas cuentas, viene a decirnos que todo tiene un principio y un fin. Se detecta un cambio-fin de ciclo cuando la razón de ser del inicio deja de sumar valor a la finalidad. Los periodos marcan el tránsito de un ciclo a otro mediante sucesiones solapadas.

Es básico prestar atención y preguntarse por la validez/caducidad de un ciclo. Avanzamos en procesos circulares que se engullen unos en otros. Si la elipse trazada resulta demasiado amplia nos acercamos a una previsible frustración ante la perspectiva de un fin inalcanzable. Si, por el contrario, el recorrido de la elipse es excesivamente corto llegará la insatisfacción, sabrá a poco el proyecto. Al aplicar estas consideraciones a los recursos humanos los fracasos son abundantes por la imprevisibilidad del comportamiento humano.

¿Cuándo cambiar de ciclo? Cuando venga a la cabeza con insistencia. Cuando no sea por huir de las dificultades. Cuando la consideración de una nueva dedicación profesional se identifica con el valor añadido vital. Cuando no es fruto de la pereza o la desidia. Conviene el cambio cuando –a pesar del riesgo– se nos alegra el ánimo.

El grado de radicalidad del cambio lo fija el nivel de autonomía de la nueva vida. Si por conservar algo del pasado nos frenamos en nuestro empeño, es evidente que la dosis de radicalidad deberá ser alta.

Puede resultar obvio pero radical tiene su raíz precisamente en la palabra raíz. Por tanto, si no vamos ahí directamente todo quedará en un simulacro de cambio, casi, casi como lo que experimentamos durante el fin de semana. El lunes volvemos a ser lo que abandonamos el viernes.

¿Razones para el cambio radical? En teoría, ninguna. Quererlo es suficiente y sobra. Otra cosa es que, además, nos venga bien –incluso por higiene mental– elaborar un argumentario privado, como ese cuaderno de ventas que nos convence y facilita convencer a propios y extraños. No hay más razón de fondo que el sentirse mejor, que no es poco.

Cada cual añadirá luego motivos de conveniencia. Desde el ahorro en gasolina hasta que disfrutará de más tiempo con la familia o en el jardín. Quizá estos argumentos sean lo de menos, porque sólo valdrán si les acompaña la felicidad. La ilusión y el entusiasmo de una nueva trayectoria.

Tampoco se trata de pensar en cambiar por cambiar. No, cada uno tiene que descubrir cuándo le llega el cambio de ciclo y preparase para él. Por suerte no todos cambiamos a la vez: sería un caos.

Nadie cambia de un día para otro. El cambio radical, aunque parezca lo contrario, es una de la decisiones que más tiempo consume. Su preparación puede alargarse meses y años. Lo importante es no rehuirlo pero tampoco precipitarse. Como este consejo empieza a recordarme a los gurús del cambio, hay que saber organizarse para que las buenas intenciones cristalicen en mejores decisiones.

Mao Tse-tung se inventó aquello del Gran Salto que pocos, excepto él, supieron exactamente de qué iba. A nosotros nos puede ocurrir lo mismo. Hablar del Gran Cambio Radical (GCR) y que se nos llene la boca cantando maravillas de él. Sin embargo, la iniciativa del Gran Timonel me sugiere un remedio a mitad de camino entre la consultoría y el coaching: el empujón. El empujón es lo que necesitamos en un momento determinado para cambiar innevitablemente. El empujón de alguien que nos quiera bien.

Transcribo el final de una entrevista a Nina (aquella famosa primera profesora de baile de OT): “Los de Mamma Mía me lo tuvieron que pedir tres veces porque no quería subir a un escenario…” ¿Qué le hizo aceptar? “La tercera vez que me llamaron, mientras hablaba por teléfono sentí que alguien me tocaba la espalda y me decía: Te estás equivocando, tienes que decir que sí, Y, automáticamente, acepté. Ahora estoy feliz” ¿Quién toco su espalda? “No sé (se emociona), quizá mi padre”.

Les dejo porque noto que alguien me está tocando en la espalda. ¿A usted no? Pues mucha suerte.

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